14.3.05

Sobre la Problemática de la Educación

En los prolegómenos de la pedagogía moderna, las instituciones religiosas eran las principales corporaciones educativas.
De hecho, más allá de la irrupción de emprendimientos privados no religiosos y de la presencia importantísima del estado en la educación, las congregaciones y sectas religiosas siguen tan abocadas como hace siglos a la tarea educativa. Vaya por caso, las congregaciones religiosas con sus colegios y universidades (salesianos, lassalleanos, jesuitas, Opus Dei), como así también la Iglesia para la Unificación del Cristianismo Universal (secta Moon).
Desde el Siglo XVII, se fue dando una situación de conflicto entre la corporación de educadores, y el Estado, conforme éste comenzó a tener un papel protagónico en el control de la educación, a partir del interés de los gobernantes en controlar las actividades educativas y evaluar la idoneidad de los educadores.
Paulatinamente, la educación va pasando de ser un área privativa del interés no-estatal, a un área donde el Estado tomaba cada vez más injerencia, a punto tal de manejar por razones diversas, el devenir de las órdenes religiosas, sancionándolas a veces al extremo de expulsarlas de su territorio.
Como todo se maneja en función del poder, el Estado en conflicto con el poder religioso, fue asumiendo el rol activo de garante del ideal pansófico comeniano, en un proceso lento pero inexorable.
Paulatinamente, de la libertad de acción que los docentes tenían, se pasa a un control absoluto de dicho accionar por parte del Estado, quien pasa a estipular su accionar, su capacitación, los contenidos que se debían impartir.
Del mismo modo, limitando el accionar de las iglesias en el ámbito escolar, contratando docentes, y finalmente, haciéndose cargo de las escuelas ("enseñanza pública y obligatoria") e imponiendo penas a los padres que no envíen sus hijos al colegio.
Más allá de las luchas de poderes, el Estado desde luego cumplió una función de suma importancia al constituirse en garante y contralor de la educación (La educación como "razón de Estado").
Los tiempos cambian, las necesidades difieren, pero de todas formas estos dos grandes gestores del hecho educativo, están inmersos en distintas estrategias en las que se trata de adaptar las cosas a las exigencias de este nuevo siglo.
En estos momentos, más allá de las buenas voluntades e intenciones, el utopismo de la "igualdad de oportunidades" está lejos de ser alcanzado.
Ni siquiera su derivación en "oportunidades equivalentes" o "equidad".
La simultaneidad sistémica no se da por diversos motivos, aceptables y no tanto.
No se da por la diversidad cultural y la necesidad de adaptar los procesos de enseñanza aprendizaje y los contenidos curriculares a las necesidades específicas de cada región, de cada grupo cultural.
Pero tampoco se da porque la diferencia de adquisición de destrezas, de herramentales y tecnologías, día a día se torna abismal, no solo entre la educación pública con respecto a la privada, sino incluso entre las distintas propuestas del ámbito no oficial.
En un mundo donde a pesar de los discursos políticos que prometen más empleos, y la realidad nos dice que estamos avanzando inexorablemente a lo que Jeremy Rifkin vaticina como "el fin del trabajo manual", el acceso a las posibilidades laborales está cada vez más restringido para quienes no logren aquilatar una formación integral.
Patéticamente, en nuestro caso nacional, el Estado, constituido en "evaluador", publicitó recientemente que "los colegios más caros no son los mejores", y que "el resultado de la evaluación educativa demuestra el alto nivel que presenta la educación estatal", la realidad es que dicha evaluación decimonónica y memorística no tiene valor alguno en función de los verdaderos parámetros que habría que mensurar para establecer si un alumno tiene o no posibilidades ciertas de progresar en su trabajo o profesión el día de mañana.
El piso es cada vez más alto.
Para un trabajo para el que antes se requería un título universitario, hoy es necesario poseer, además de ese título, sólidos conocimientos de lenguas extranjeras, algún postgrado y/o maestría, y dominio de recursos tecnológicos y telemáticos.
De este modo, la evaluación que se viene realizando en nuestro país, carece de validez como nuevo dispositivo de control en tanto y cuanto se utilizan para ponderar el rendimiento académico de un alumno y eventualmente de un docente del siglo XXI, parámetros de siglos pasados.
Por eso, desde mi punto de vista, el "Estado-Evaluador" es una nueva utopía, por ende, irrealizable.
El estado como entre controlador-evaluador no existe o al menos no está a la altura de su misión.
Sí hay un Estado paquidérmico y obsoleto que no sólo se ha despojado de sus bienes en manos del capital internacional, sino que además carece de reflejos para ejercer su necesaria función supervisora, auditora, de control de gestión.
En este mundo globalizado la suerte parece estar echada.
No encontré diferencia alguna entre el tipo de formación "de primer mundo" que reciben alumnos de colegios privados, de primerísimo nivel de España, Argentina o EEUU, como tampoco encontré diferencia alguna entre el tipo de formación limitada y de "segunda clase" que reciben hoy en día alumnos de colegios públicos de España, Argentina y EEUU.
La escuela, ese artificio creado por el hombre desde Comenius a la fecha, con sus determinantes duros, ha hecho explosión, y desde luego arrastra en la onda expansiva a todo lo relacionado con ella, pedagogía moderna incluida…
La infancia, como bien dice Postman, es ese otro artificio que hemos creado y que ya tampoco existe, como no existía en la época precolombina.
La irrupción de las nuevas tecnologías, los multimedios, Internet, ha colaborado enormemente en la apropiación de conocimientos por parte de los otrora llamados "infantes", a punto tal que su dominio de hard y soft es superior al de muchos adultos.
El "gap" educativo es cada vez más grande.
Los gobiernos carecen de los recursos económicos y lo que es peor de la creatividad, la imaginación, los conocimisntos y la voluntad para garantizar las viejas utopías como el ideal pansófico del moravo.
Todo está sutilmente digitado en este mundo sin fronteras, en esta aldea global, para que unos pocos de cada país, logren acceder a las escasas posibilidades de mejor calidad de vida, puestos de toma de decisiones, realización socioeconómica, promoción humana.
Y también está preestablecido que otros muchos de cada país, sólo tendrán la posibilidad de acceder a un nivel sensiblemente inferior en la escala de remuneraciones y de promoción sociocultural y socioeconómica.
Tan terrible como cierto.
Basta ver y apreciar la curricula y el curriculum oculto de unos y otros colegios.
¿Existe lugar para las utopías?
Yo creo que sí.
Pero lamentablemente no veo ni en el gobierno anterior ni en el actual, la imaginación, la inteligencia, la creatividad y la decisión y el patriotismo (más allá de los voluntarismos inconducentes y la buenas intenciones), como para tomar las medidas adecuadas, hacer el planeamiento estratégico pertinente y ejecutar y controlar la ejecución de las políticas que garanticen una educación adecuada para todos, ese viejo ideal pansófico que la "razón de mercado" ha hecho desaparecer.
En el ámbito de la educación, no ha sido Comenius sino la ruptura planteada por Locke la que está triunfando en este mundo de procesos de globalización, megafusiones empresarias que dejan miles de desocupados, y competencia feroz en un mercado manejado cada vez por menos gente.
Un mundo manejado por gentlemen en medio de la plebe desvalida…
Desde luego que tarde o temprano habrá un punto de inflexión, porque en tanto y cuanto no exista una visión más justa y signada por la equidad, la inseguridad y la vida en esta única casa que tenemos, se hará intolerable incluso para los "gentlemen".
No es casual que los Soros o los Turner, paradigma de la época, donen ingentes sumas de dinero a UNESCO y a instituciones ad-hoc para paliar de algún modo las tremendas diferencias existentes en el mundo.
Siempre fui un convencido que para poder hacer, se necesita poder.
Nuestros políticos, verdaderos maestros de la retórica, quedan apresados en la melaza de la burocracia y la inacción cuando llegan al poder.
Lo último que nos queda a los educadores, es la esperanza.
Pero no basta con esperar que las cosas se solucionen de arriba, como esperando al o a los mesías que nos conducirán al "horizonte de grandeza" que tenemos asignado como nación.
Nuestra misión es la más importante, la más terrible, y no contamos con el apoyo logístico como para estar a la altura de la misión: preparar integralmente al argentino de este nuevo siglo globalizado y competitivo.
¿Somos conscientes de ello?

© Luis Alberto Melograno
© Editorial Pueblo Blanco
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